2 de octubre de 2015

Josef (Imágenes de todo Cap 207)

Josef siempre había tenido un problema con las imágenes. En el había cierta sensación rara que le permitía estar mirando por horas un cuadro o una fotografía. Quizás por eso lo pasaba tan bien cuando buceaba. En menos de un metro cuadrado de cualquier fondo con un poco de vida, podría descubrir fascinantes mundos en los que pasar todo el tiempo que le durara el aire de los tanques o el de sus pulmones en caso de apnea.

 También tenía problemas con las imágenes de las personas. Podría conocer a alguien con solo verlo. Quizás entablar una conversación no era tan efectivo como ver una imagen de una persona desconocida. Al hablar con nuevas personas, como es natural, cada persona proyectaba una imagen de si mismo para agradar o lo que fuese el caso, distinto de lo que Josef podría ver en una imagen estática. Podría amar u odiar a alguien con solo ver una imagen y desgraciadamente no se equivocaba cuando tenía oportunidad de conocer a las personas que había visto en imágenes antes. Era un sentido raro la posibilidad de imaginar historias, pasadas y futuras de una foto, por eso, le encantaba ver fotos, no importaba si eran desconocidos o fotos con mas de cien años de antigüedad. En cada una había vida. Josef siempre quedaba prendado de personas que estuvieran o no en su tiempo actual, era fanático de la fotografía aunque su escasa economía casi nunca le permitió tener una cámara.










Ahora tenía dinero, bastante desde que comenzó en las carreras de carros. Dineros que en realidad no servían de nada porque en el sitio donde vivía el dinero solo era para comprar comida pero en las tiendas no había nada, es decir, nada. Uno no podría desear algo que no fuera muy básico o que no se pudiera encontrar en el mercado negro. Josef sabía que cualquier día podría reventarse una goma de un almendrón* a 180 kilómetros por horas y ahí quedaría todo, así que decidió buscar una cámara y hacer sus propias fotos. No tenía ni idea, pero saber que muchas personas que veía a diario se quedarían con el para siempre, le entusiasmaba mucho.

Indagó por el barrio y ahí podría comprar cualquier tipo de drogas, pistolas, cosas religiosas, piezas de carros pero según decían, esas cosas del arte y eso, habría que buscarlas en otro lado. En esa época las cosas se buscaban preguntando, no había nada donde teclear y resolverlo casi todo. Había que correr el rumor y así aparecían a los días o meses, el objeto buscado hasta que apareció Pippino, el negrón de 22 con una cámara ZENITH rusa que estaba como nueva - nunca nadie la usó - decía con orgullo - es completamente nueva. En mi familia nadie sabe "na deso".

Josef la tomó en sus manos y la compró sin vacilar. Pero no sabía ni como se usaba. Fue a 12 y 23, al lado del cine del mismo nombre en el Vedado y una muchacha que trabajaba revelando fotos le enseñó los pormenores básicos. Salió a la calle con varios rollos que aun se podían encontrar de la marca ORWO y disparó por doquier, disparó a gente, a cosas a lugares, a todo lo que se imaginaba en un futuro que querría quedarse con ello. Ya había perdido la memoria en el pasado por accidente y se estaba preparando para hacer todo un archivo de cosas que pudieran conectarlo en caso de perder todo su pasado de nuevo. Vivía aterrado de que se desencadenara de nuevo aquel percance que lo dejó sin saber quien era, ni donde vivía siquiera. Fotografió todo lo que si, su mundo se le perdía otra vez, quisiera ver para establecer conexión de nuevo. Mas tarde aprendió que escribir era mejor conexión aun y mas efectiva. Pero poco a poco fue descubriendo sus propios métodos porque la ayuda médica nunca llegó, nada mas para decirle que su cerebro funcionaba peor que una cafetera reventada en una consulta del hospital Manuel Fajardo décadas mas tarde, con la cabeza llena de cables y un neurólogo riéndose del extraño caso que había encontrado.

Dos veces por semana llevaba a revelar los rollos de los cuales por supuesto, menos del 30% de las fotos servían medianamente. La mayoría quedaban sobreexpuestas u oscuras, a veces desenfocadas, pero de ese pequeño por ciento Josef obtenía sus tesoros visuales que coleccionaba con celo. No pretendía mostrarlas, ni siquiera compartirlas. Si alguien le preguntaba el porqué de esas imágenes ya se habría hecho un lío y no sabría como explicar algo que nadie iba a entender.


Entonces en varias fotos de uno de los últimos rollos la vio y quedó sin aliento. Guardó las fotos rápidamente y fue a su refugio favorito donde podía mirarlas sin ser molestado o interrogado. Un barco derruido y abandonado en las orillas del Río Almendares. Ahí quedó hasta que el sol murió y no dejó que por sus pupilas entrara mas la luz agradable de esa persona que reía con los ojos. Quedó soñando con ella. Creía que la había encontrado y era feliz. No fantaseaba con nada mas, no esperaba volverla a ver ni mucho menos hablar con ella. Solo miraba sus raros ojos achinados que llevaban la marea de su sonrisa. Era rara si, pero bella. Josef sintió que era la persona que estaba buscando sin saber y deseó nunca encontrarla de nuevo. Se fijó el barrio donde hizo la foto. Era mas o menos por Belascoaín entre Estrella y Maloja en Centro Habana. Evitó para siempre pasar por ahí de nuevo. No quería encontrarse ni de broma con esa persona que le robó el aliento a través de una imagen.

Por mas que le de vueltas. La sonrisa de sus ojos sigue quitándole el aliento como si una fuerza exterior desconocida lo aplastara rompiendo en miles de pedazos tantas desilusiones, pérdidas y apatías en décadas. Josef trataría de nuevo, no pasar por ese barrio donde tomo esa imágen.


Almendrón* Cub. Forma de llamar coloquialmente a los carros americanos de los años 40s y principio de los 50s por su semejanza en el diseño exterior con una gran almendra. Dícese también de los carros viejos y destartalados.

Update:
Al cabo de los años y las distancias Josef encontró de nuevo a esa persona. Por suerte en otra foto. Ya en un mundo atiborrado de imágenes e informaciones por doquier. Perdió el aliento de nuevo. Ella seguía sonriendo con los ojos achinados y seguía siendo igual de linda para Josef. Mundo pequeño. Quizás el día que hizo esa foto lo que maneja el destino, con toda la paciencia que tienen las cosas eternas juró que la iba a poner en su camino en algún momento de nuevo. Josef otra vez no sabe que hacer. Mientras tanto, se sigue preguntando porque una imagen pude dejarle saber todo de una persona y en este caso, hacerle sonreír y dejarle escapar como un sedante, todas las tragedias de la vida moderna, semi vacía y computarizada.


23 de septiembre de 2015

Josef pescador (Final y adiós) Cap 998


Se despertó recostado a un piso de losas blancas muy grandes y pulidas. El piso estaba tan meticulosamente limpio que daba asco. Losas grandes que apenas se veían donde se juntaban unas a otras a la perfección. Tanto brillo molestaba, tantas luces, tanta perfección. Estuvo un rato acostado de lado con el ojo derecho escrutando la superficie tratando de encontrar imperfecciones. No podría levantarse hasta encontrar una y aguantó hasta que la sien que apoyaba al piso le dolía de tanto frío. Pero por mas que trató no encontró ninguna y se incorporó de un tirón, pues le vinieron arcadas. 
Trató de vomitar pero no salía nada. Solo un dolor terrible de la boca del estómago y algunas gotas de ácido, o al menos era una sensación. Poco a poco sus sentidos le fueron mostrando mas del sitio. Había murmullo de mucha gente que el no veía al principio pero gradualmente empezaron a hacerse visibles a medida que enfocaba la visión como si hubiera despertado de una horrible resaca. Hasta el momento no se había preguntado donde estaba o que había pasado porque estaba acostumbrado a despertar cada día en un lugar distinto, raro o desconocido. Josef solo se preguntaba a si mismo donde estaba cuando amanecía en un lugar repetido. 

 Si, habían bancos con gente esperando, grandes macetas con matas de palmas al parecer y alguna otra vegetación inmensa, el techo era de hierro y cristal y cada vez había mas vegetación. Un jardín botánico quizás - Pensó, pero le daba igual. Reparó en que todo ese tiempo había tenido la cabeza apoyada en una mochila de colores que con solo mirarla sabía que no era suya, o al menos nunca tendría una mochila con colores porque no le gustaban. Solo negras o verdes, pero esta tenía unos bolsillos rosados fosforescentes y tiras también de colores llamativos, era muy sofisticada y parecía cara. Josef sabía que no era suya pero no había nadie alrededor en ese momento y no la iba a dejar ahí, además le sirvió de almohada en, a saber que viaje, así que ya tenían una relación. Relación típica, si apoyas la cabeza en algo, es tuyo, puedes pasar media vida con alguien, que eso no significa nada, pero si apoyas la cabeza en algo, es tuyo. 


En su desconfigurada memoria recordó que una de sus primeras relaciones, si es que podía llamársele así, fue por esa regla. Apoyó su cabeza en sus muslos y tomó posesión. Pero ni recordaba quién, ni cuando. Su cerebro hacía tiempo que estaba fragmentado y el lo había aceptado con gusto y hasta se divertía con ello. Se incorporó de un tirón como si no quisiera ser visto, pero no sabía lo siguiente que debía hacer, incluso no sabía si debía hacer algo. Nada, no. Como había llegado ni nada, solo despertó. Buscó en las paredes para alimentar su pareidolia pero eran cristales, todo eran cristales impolutos, comenzó a molestarse e intentó caminar pero notó con mucha extrañeza que sus pies no se adherían al piso. Resbalaba, resbalaba como si fuera hielo. Colgándose la mochila colorida comenzó a patinar y notó que cogía velocidad. Josef tenía miedo, fobia, de los patines. De pequeño siempre quiso tener unos pero cuando los probó la caída fue tal que ahí mismo los abandonó por siempre. Montó surf, skies, skateboard, windsurfing pero jamás patines y a lo largo de su vida estuvo muy esmerado en esquivar la posibilidad de montar patines. Era algo apuntado de su lista de cosas que NO hacer. Su lista de cosas que NO hacer era extensa, algunas las había fallado por oscuros o nobles propósitos pero esa lista estaba ahí fresca y era una de las cosas que nunca se habían borrado por muchas tormentas en todo sentido que pasaran por su desecha caja de recuerdos. Pero esta vez patinaba. De vez en cuando se miraba los pies y no veía ruedas ni cuchillas ni nada. Eso si, unas viejas zapatillas de tennis sin marca que había tenido en su niñez. No sabía si eran los mismos u otros, rotos exactamente iguales y con percudidos y manchas copia exacta de aquellos que tenía a los diez años. 

Recibió con agrado la noticia que patinaba bien. Para nunca haberlo hecho. Se aventuró en unos giros y aquello comenzó a ser terriblemente divertido, tanto así, que dejó de preguntarse las demás cosas esenciales como, porque estaba ahí y desde donde había llegado. era tan divertido que todo lo demás pasó a vigésimo plano. Frenaba, arrancaba de un tirón y los cambios de inercia le daban una sensación exquisita que le borraron el malestar anterior. Todo comenzaba a estar bien, ya no molestaba la blancura ni tanta luz ambiental, no molestaban las paredes de cristal transparentes y gigantes. Interminables casi hasta el cielo como si fuera el invernadero de dios. Era rico patinar y su mente se disoció tan ricamente como solía desde aquella vez que se olvidó del mundo y de todos. A lo lejos, en el piso blanco venían mas personas patinando como el, cada uno tenía mas maestría y hacía giros y evoluciones mas bellas. Josef se preguntó como había estado odiando patinar tanto tiempo. Había sido una fobia estúpida comprobado en el día de hoy que se había perdido algo divertidísimo. Trató de entrar en el grupo de patinadores recién llegados y fue acogido con sonrisas. Una muchacha le extendió su mano a toda velocidad y Josef esperando lo peor la tomó y cogió mas velocidad en lo que hacían un gran círculo.
 Josef notó que todos sonreían y a nadie le importaba nada, algunos llevaban mochilas, otros nada, pero ese grupo era divertido y todos patinaban genial. Por un flash gris de imágenes irreconocibles Josef recordó que debía preguntar donde estaba, o al menos saber que era aquello pero como todo en su vida lo pospuso lo mas posible. Estaba a gusto ¿Para que tantas preguntas? ¿preguntas vitales sin importancia! 
 Recorrieron una buena distancia donde llegaron a otra sala enorme que tenía una especie de bancos de espera y en ellos sentadas, personas serias, ajenas y que no parecían desear patinar. Josef intentó invitar a uno de ellos pero la muchacha que lo había estado llevando, por así decirlo, le dijo que no perdiera su tiempo - Ellos no pueden venir con nosotros, apenas es posible que nos vean solo unos segundos - Josef quedó mordido por la curiosidad, tanto que esperó que su divertida carrera se detuviera. Le vinieron a la mente miles de preguntas, pero otra vez las dejó para después. Patinaría un ratico mas y después trataría de resolver aquello. Todo estaba bien. 

Todo lo bien que lo estaba pasando pagaba cualquier cosa fea que pudiese venir después. Cogió velocidad de nuevo y llegó solitario a uno de los cristales. Frenó con un leve golpe que vibró como una campana y con sus manos manchando del vahído de su calor se apoyó y ajustó la vista para curiosear. Afuera un mundo gris, casi monocromático y vacío. Parecían ruinas de toda una gran ciudad pero Josef ya había aprendido a no juzgar. Quizás era la ciudad mas divertida del mundo - Pensó con una sonrisa -  Le preocupaba la enorme positividad gratuita que lo embargaba. Pegó la cara otra vez a los cristales para intentar reconocer algo pero no vio ningún detalle conocido. Se alegró malignamente de estar de este lado del cristal y desistió de reconocer la ciudad ceniza, humeante y gris. Volvió adentro.


 Habían colores, luces, gente feliz. Le molestó un poco que la gente de los bancos no pudieran verlo, según le dijo la muchacha antes. Se acercó suavemente a uno de ellos que leía un libro. Notó que era un mujer de pelo negro y tupido, mas joven que el. Esta mujer era natural, un poco deliciosamente voluminosa y con una energía muy linda a su alrededor. Josef se paró enfrente de ella y comenzó a sentirse mal de nuevo. Sus pies se pegaron a tierra como soldados y no pudo moverse en unos minutos. La mujer dejó el libro a un lado y levantó la vista. Era Habana del Mar para Josef, aunque ya a estas alturas Josef había desdibujado su rostro y su historia. Ni siquiera sabía si había existido o si todo era un producto de su necesitada imaginación por transportarse a otros lugares o épocas. 

 Habana del mar era un papel estrujado de algo escrito que nunca vería la luz en el tiempo que se acababa. Eran cientos de páginas borradas para entregarse a la monotonía de la vida real, era una rebeldía deliciosa y estúpida a la vez pero estaba aquí como cada muchos años. Josef siempre se la cruzaba en las mas inimaginadas tribulaciones y en esta no podía faltar. Maldita Habana del Mar. Habana dejó todas sus cosas en el banco de al lado, se paró, pero sin mover sus pies del sitio se inclinó hasta Josef en un abrazo. Era un abrazo raro, los pies inmóviles casi a un metro de distancia. Quien los mirara de lado podría pensar que estaban pretendiendo hacer una A con sus cuerpos. Josef la sintió, la apretó mucho porque le daba una sensación que culminaba los momentos felices del día, de ese día tan raro pero tan rico. El abrazo duró mucho, aunque a estas alturas Josef estaba seguro que en ese sitio no se medía, o no transcurría el tiempo. Olió su pelo pero no olía a algas ni a mar. estaba todo tan limpio que a veces daba pena. Quizás era hora de soltarse pero ¡estaba tan rico ese abrazo! Aunque Habana había crecido y ya no era la flacucha que se escurría entre los largos brazos de Josef, este sintió sus costillas, su espalda fue recorrida con sus manos y en un último estertor de ese abrazo Josef agarró sus axilas pero vino la separación. La muchacha que antes había hablado a Josef también estaba abrazando a alguien, Josef la vio de reojo con ese pequeño por ciento de curiosidad enfermiza que siempre lo hacía desconcentrarse de las cosas vitales o las funciones que en toda su vida debió estar enfocado.

- Ellos solo vinieron a despedirse - Dijo la muchacha ya cerca de Josef. El "Ellos" recorrió con un escalofrío el cuerpo. 
 - ¿Porque "Ellos"? 
 - Ellos... repitió la muchacha extendiendo su mano nuevamente con una sonrisa. Era de piel mulata rojiza y un pelo ensortijado como quemado al sol, amarillo. tenía unos ojos negros muy profundos y un vestido muy simple de tela blanca con unos tennis también muy roídos. 

Josef volvió la vista y Habana del Mar estaba leyendo de nuevo como si nada hubiera pasado. Inmersa en su libro. Josef intentó unirse a ella, sentarse al lado de ella pero era como un bug de un sistema entretejido para que eso nunca sucediera. Podría pasar detrás, alrededor, saltar por encima si quisiese pero no había manera de entrar al campo de Habana del Mar. Y ella no movía ni un dedo, estaba ahí leyendo como si en ello le fuera la vida. Intentó patear el libro en lo que pensaba millones de excusas de porque habría hecho esa barbaridad pero no podía interactuar con nada que estuviera asociado a Habana. Se cansó de intentarlo. Por un segundo odió los libros y a Habana de nuevo por dejarlo pasar. 

- ¿Adonde vamos? - Preguntó ya serio a lo que sería o parecía su guía, ya que no se le despegaba de al lado. 
- A un sitio bajo el mar. Vamos a patinar a un gran sitio bajo el mar- Josef imaginó que eso era físicamente imposible pero según el día que estaba teniendo desistió se sacar cálculos o conclusiones sobre todo lo que le podría pasar en adelante. 
- ¿Y que mas? 
- Hay barcos hundidos - Dijo ella con brillo en los ojos de felicidad como si estuviera haciendo una gran obra - ¡Faros! ¡Islas! ¡árboles! pero todo debajo del mar. 
- ¿Y ella? - Dijo Josef señalando a Habana del Mar que seguía mas inmersa en su maldita lectura que nunca, sin levantar la vista para nada. Sin saber que habían grandes cosas fuera de ese libro. 
- Ellos solo vinieron a despedirse. 

 Josef miró alrededor de nuevo. los "que vinieron a despedirse" estaban ajenos a los que "estaban de pie". Quizás "Los que vinieron a despedirse" les tocaba esperar ahí sentados, o quedarse en ese globo de cristal inmensamente blanco, aburridos con sus libros sin ver este otro raro mundo. Quizás no era aun su tiempo de ir a un sitio divertido, bello o deseado. O quizás, ellos se quedaban en un sitio que deseaban, feliz y realizado y Josef iría al mas terrible de los infiernos por tantos pecados, engañado con las frases y palabras que quería oír por la dulce voz de su "guía"
Josef sintió un poco de pena porque quizás en sus vidas no habría cambio en un tiempo hasta que quizás...  Todo eran suposiciones, les tocara venir a patinar a este sitio raro de gente amable. Josef miró de reojo a "su guía" Quizás, si era lo suficientemente rápido podría escapársele y dar otro abrazo a Habana del Mar. Era lo único que deseaba ahora. Ni el mar, Ni los barcos, ni los faros, ni las islas tenían ahora mismo lo que quería, que era ese abrazo de Habana del mar. Gritando una gran mala palabra se abalanzó a toda velocidad sobre el banco donde estaba Habana del Mar antes de que ese algo lo controlara o detuviera pero fue inútil. Ya no estaba. Solo estaba su libro siendo hojeado por un viento que no se sabía de donde venía. Ya no estaban las personas de los bancos y Josef como de costumbre comenzó a gritar improperios. "los de pie" lo miraban con curiosidad y la muchacha tratando de consolarlo le habló con toda la calma y amabilidad del mundo. 

- Si quieres puedes quedarte, no pasa nada malo por ello... 
- ¡¡Y si me quedo que!! Vociferó Josef con la voz entrecortada ¿Si me quedo que, podré verla? 
- Eso no lo se, supongo que como hasta ahora.. 
- ¡¡Hasta ahora nunca la he visto cojones!!... ¡Apareció en recuerdos que ni siquiera se si existen! ¡No se si ella es real! ¡Si yo soy real! ¡No se ni cojones de nada!- Gritó de manera desesperada con un gran sentimiento de impotencia como si sus interlocutores fueran culpables. Los años que había pasado callando esta frustración le habían acumulado mucha rabia, rabia de perder su tiempo, rabia de quizás no haber hecho otras cosas valiosas, rabia de haber dejado pasar este capitulo de su vida miserablemente sin haber hecho nada grande, ni importante, ni valioso.

  Josef recordó esa extraña mochila. Estaba parcialmente quemada pero no intentó preguntarse nada mas. Hurgó en su interior y estaba vacía. Hasta ahora le había pesado como si tuviera objetos, pero no tenía nada, la tiró a lo lejos, uno de los "que estaban de pie" intentó amablemente devolvérsela pero Josef le gritó que no era suya, que ni siquiera sabía de donde había salido. Se sentó en el piso desconsolado. ¿Quedarse para que? ¿Por Habana del Mar? ¿Otra vez? No lo merecía, se contestaba a sí mismo con sarcasmo y desidia. - Ni un minuto mas - Ella nunca se había quedado, nunca se había quedado tanto que ya Josef ni sabía como rayos era. A veces pensaba que era una de sus sirenas imaginadas que tampoco nunca apareció en el maldito mundo regido por leyes físicas asquerosas que hacían la vida monótona y estúpida. 
 Quería patinar de nuevo, volver a esa sensación de libertad que solo había experimentado al estar en medio del mar en una tabla de windsurfing llevado en silencio por el viento libre y frío de los océanos prehistóricos y auténticos - ¡A la mierda con todo!- esa era su frase mágica para estos casos con terribles decisiones. 
 - ¡Que se joda todo! ¡Me voy con ustedes, partida de yonkis alucinados adonde quiera que me lleven! ¡Me da igual! ¡Vamos! 

 El piso comenzó a inclinarse en una pendiente interminable y todos comenzaron a coger velocidad hacia abajo. Josef, en su extensa experiencia de 20 minutos antes patinando tomó tanta velocidad que se fue por delante de todo el mundo, aunque claramente nadie estaba compitiendo. Se alegró bastante de alguna vez quedar delante en algo. Al final, a lo lejos se veía un gran cristal que separaba todo el sitio blanco e iluminado con el mundo gris que había visto antes. 

- Si vas al cielo, vete a ver a dios directamente- Dijo para si mismo aumentando la velocidad todo lo que permitían las NO leyes físicas de donde quiera que estuviese. Le vinieron a la mente las maldiciones de sus abuelos marineros. 

- ¡¡Malditos sean todo los marinos que cambian sus vidas por el mar, que mil demonios ensangrentados y pestilentes de azufres infernales los escupan contra corales ardientes y se queden agonizando sin piel para el resto de su existencia infinita gritando entre almas perdidas y falsos dioses traicioneros!!

 Y se acordó de la suya propia...

 ¡Maldita Habana del Mar!



 FIN.

17 de agosto de 2015

Josef pescador (Disco de marcar Cap 206)

Pasaba horas dándole vueltas al disco verde del teléfono de la bodega esperando que alguna magia o milagro le dictara un número. Así era la vida cuando no había celulares, nuestros niños ni siquiera, saben lo que es un disco de marcar.

Había que ser normal a toda costa. Intentar por todos los medios ser humano, terrestre y terrícola. Nadie nunca le dijo que su vida sería buena, solo oía criticas de inadaptado, así que tantas voces no pueden estar equivocadas. Emprendió su viaje por la tierra con un tipo de locomoción distinta, aunque para estar cómodo buscó en la tierra su sincretismo con el mar. En el mar, podía dejarse llevar por horas y horas sin mover absolutamente nada en lo que la corriente lo paseaba por todo tipo de fondos, profundidades y orillas. En la tierra, también había corrientes, las corrientes de la tierra eran humanas.

Sábado de noche, refunfuñando contra si mismo se vistió y salió a caminar. Subió con su paso huidizo por la calle 24 hasta llegar a 23, de ahí a 23 y 12 un sitio donde se podía ver gente, gente pasar. Al final no era tan malo, la gente era entretenida. Manolito el loco de la esquina bailando abrazado de si mismo y cantando, la gente colgada de las guaguas, los ruidos, los carros viejos. Ya era finales de agosto y en las caras juveniles se veía un pesimismo contagioso del sentimiento de fin de vacaciones. Algunos muchachos de la edad de Josef querían aprovechar cada segundo de esa triste semana antes de hundirse en la lóbrega monotonía de las clases diarias.

Josef hurgó en sus bolsillos. Tenía 5 pesos, eso bastaba para con 2,40 comerse una pizza y unos espaguetis napolitanos de Cinecittá una de sus pizzerías preferidas y quedaba dinero para ir a un cine. Caminó despacio con la boca salivando por la nueva ilusión. Al final, haber salido no era tan malo, se repetía una y otra vez como un mantra.


Una de las cosas que mas le gustaba de esa pizzería es que no había que esperar. Pasando la bandeja por una especie de carriles iba cogiendo lo que quería en lo que de la cocina salían constantemente pizzas recién hechas con un olor delicioso. En menos de tres minutos ya estaba sentado en una mesa listo para disfrutar. Siempre buscaba sentarse lo mas alejado posible y por raro que parezca no había mucha gente. Josef nunca sabía por donde comenzar, dudaba entre pizza o espagueti por un buen rato, bueno, pensaba, la pizza siempre puedo doblarla e irme caminando con ella y acto seguido comenzaba a comer como si fuera el último día de su vida.

A duras penas reparó que se había sentado alguien mas en su mesa. En aquella rara época en los restaurantes podría sentarse a tu mesa cualquier persona desconocida, Josef miró alrededor, se había llenado el sitio. Continuó comiendo ya sin disfrutar tanto, ni siquiera miró a la cara de quien se había sentado  le habían cortado el disfrute, daba igual.

- ¿Comes los espaguetis con cuchara? - Josef miró su mano, en efecto, tenía una cuchara con la que estaba picoteando los espaguetis y comiéndoselos desesperadamente.
- ¡Son míos!, me los como como quiera.
Tarde se dio cuenta que su respuesta había sido hostil y maleducada. Era sábado en la noche de aquella rara época, si estaba tratando de ser terrestre había empezado muy mal una conversación.
Levantó la vista y vio una muchacha quizás de su edad que levantaba su bandeja para irse a otra mesa, Josef se paró detrás de ella rápidamente.
- ¡Discúlpame! ¡Estaba jugando!
Ella lo miró volteando la cabeza sin abandonar su rumbo.
- Por un rato tuve que decidir entre sentarme en aquella mesa con aquel señor mayor y la mesa donde estabas tu. Pensé que quizás contigo sería agradable comer.
Josef miró la otra mesa con asientos vacíos. En efecto, un señor mayor gordo con unas gafas de mucho aumento comía tranquilamente sin levantar la vista de su plato.
- ¡No jodas! - Dijo Josef un poco alocado y nervioso - ¡Ese es Miguelangel el profesor de matemáticas!
La muchacha hizo una mueca de desaprobación por el comentario a todas luces de un pequeño salvaje inadaptado.
- Pues quizás el es mas educado que tu...
- Perdóname, siéntate en mi mesa, además ya casi termino y te dejo ahí tranquila.
La muchacha volvió a duras penas, a Josef se le había quitado la gula y le crecía su curiosidad por este experimento social, además la muchacha aunque no era para el su sirena ni su sueño, era atractiva y rubia de verdad, era raro ver una rubia de verdad.
- Me llamo Josef
- ¡José?
- No, - dijo esta vez suavemente y tratando de fingir delicadeza inexistente - Es Josef.
- Es raro ¿Es como en esa película nueva que se llama Vampiros en La Habana? ¿Como el gigante tonto que mandan a buscar al de la trompeta?
Josef comenzó a arrepentirse de haber detenido la ida de la muchacha desconocida, era rara, tenía un atractivo raro, ojos claros pero como amarillos o marrones claros, piel blanca y hermosas pecas y una nariz grande y bella. Le recordaba a la cantante Barbra Streisand
- ¿Y tu? ¿Como te llamas?
- Cindy...
- ¡Vaya! y te burlas de mi nombre.
- No me burlo, en realidad es peor, me llamo Cynara, pero prefiero que me digan Cindy.
- ¿En que escuelas estás?
- En la Arruñada ¿y tu?
- Yo Aquí cerquita en Vicente Ponce
- JAjajAJa ¿El Fanguito?
- Está bien- Dijo Josef vencido - Si, el Fanguito- Siguió comiendo tranquilamente sin decir nada mas. Aunque a veces levantaba la vista para descifrar porque aquella muchacha le parecía tan atractiva e iba creciendo.


- Josef ¿Quisieras venir conmigo a una fiesta?
Josef quedó petrificado. "Una fiesta" era lo último que hubiera podido soportar. Mucha gente, desconocidos, tener que hablar con personas.
-¿Quieres?
Josef no respondía, tampoco levantaba la cabeza pero a la vez que iba a hacer. Si volvía a casa se iba a arrepentir quizás por siempre no haber dejado fluir esa nueva historia que estaba viviendo. ¿Ir a casa a que? - Se preguntaba - ¿A ver televisión? ¿Lo mismo con lo mismo?
- ¡Dale vamos! dijo casi en contra de si mismo y se levantaron al unísono.


Emprendieron una larga caminata por la calle 23 hasta 26 y ahí tomaron dirección norte hasta el cine Acapulco, por ese barrio ya se oía la música y entre calles de nombres difíciles de recordar llegaron a un edificio que raramente tenía un ascensor que funcionaba. Era en el primer piso, Josef, intentando estrenar su sentido del humor terrestre hizo bromas sobre el largo viaje en ascensor solo para un piso, Cindy se reía y a Josef le iba gustando cada vez mas. Se preguntaba si era su crisis afectiva o si realmente esta chica era así de bonita, inteligente y cómica.
En el sitio estaba la música baja y las luces apagadas. Alguien llevó a los recién llegados sendos vasos "perga" con "ponche" que no era mas nada que alcohol de hospital y limón.
Josef bajó un trago largo con la sed italiana que se había traído de la pizzería y le removió hasta los mas adheridos pensamientos de esa parte del cerebro que nunca se usa que es casi toda. Su fluidez verbal se facilitó un poco aunque no duró mucho, el ruido de carros de policía superaba las voces y las personas de la fiesta, histéricamente corrían a esconderse en muebles y escaparates. Por las ventanas se veía el reflejo de luces rojas y azules, Josef pensaba que quizás estaba alucinando por la nota de aquel primer trago pero Cindy lo sacó de la ilusión agarrándolo duro con ambas manos y gritándole.

- ¡¡Llamaron la policía porque tenían maría!! ¡Tenemos que irnos!
Josef sonrió un poco, no pudo evitar la frase de "Esta noche promete" pero como se había pasado toda su corta vida huyendo de la policía entró en modo evasión y agarro a Cindy de la muñeca arrastrándola al balcón de la casa.
-¿Por ahí? ¿Como?
Josef se descolgó por las celosías del balcón, al final sus pies quedaban a poco mas de metro y medio de la hierba del jardín, se dejó caer sin mas y animó a Cindy para que se lanzara. Cindy lo dudó por el rato suficiente como para que la policía echara la puerta del apartamento abajo y le gritaran que no se moviera, pero ella en un último rapto de pánico se lanzó como si de una piscina se tratase, Josef trató de frenarla pero los dos se llenaron de golpes. Como todos los policías habían subido las escaleras, no previendo que algún anormal se le ocurriera tirarse por el balcón, salieron corriendo entre los carros de patrulla y los vecinos curiosos sin mas. Callejones y curvas los dejaron aislados del ruido, el susto y una posible persecución. Cuando volvieron a centrarse en sus vidas estaban a la puerta del cementerio chino. En las calles se oían mas sirenas, así que se adentraron cruzando el muro para esperar a que aquel jaleo disminuyera un poco. La humedad los hacía sudar a chorros y la respiración sofocada hacía un ruido inmenso en la paz de aquellas tumbas llenas de caracteres chinos.

Josef se quitó el pulóver, odiaba cuando le corría sudor por la cara, le hacía una especie de cosquilla desagradable , le molestaba tanto que a veces se hacía daño de lo fuerte que se barría el sudor, Cindy le arrebató el pulóver y se secó ella también la cara y los brazos, después comenzó a darle vueltas como si fuera un ventilador para airearse los dos. La pequeña brisa improvisada fue como una bendición para Josef quien se recostó a una tumba de placer. Miró hacia arriba y la madrugada era estrellada como si se hubieran roto millones de soles, a pesar de la humedad la noche era clara, limpia y bastante iluminada. 


- ¿Te hiciste daño?- Preguntó Cindy rajando el silencio con su habitual rapidez de palabras
- No, y si me lo hubiera hecho seguro no te lo iba a decir, debo causar buena impresión
Cindy se echó a reír a carcajadas.
- ¡Anormal! Ya me causaste buena impresión hace rato, a mi si me duele todo, me di golpes en todos lados
Josef le cogió las manos para mirarle si tenía heridas o golpes pero Cindy le adelantó un beso.

Josef se separó dos pasos. Cindy quedó algo atónita ante la reacción.

- Discúlpame Josef

Josef seguía en silencio separado a una distancia prudencial
- No pasa nada, solo estoy analizando una cosa curiosa...
Estamos en un cementerio, sudados, llenos de golpes, acabamos de huir de la policía, quizás hoy ni lleguemos a casa por que al salir nos cojan, Estoy nervioso, asustado ni siquiera se quien eres ¿Como rayos es posible que sea tan feliz ahora mismo? ¿Como es posible que toda esta mierda que nos ha pasado sea perfecta y ya no sienta ni miedo? ¿Que está pasando? ¿Que reacción es esta?

Cindy se paró ladeando la cabeza, analizando lo mismo.

- La tierra no es tan mala... pronunció Josef dejando a Cindy fuera del hilo...

Cindy, desde luego no entendió esa parte. No sabía que Josef era una especie de metamorfosis salida del mar que trataba por la fuerza de ser terrícola. No sabía nada pero lo poco que sabía le encantaba. Meditó en voz alta

- Este cementerio, y todo esto es lo mejor que me ha pasado en meses, no creo que por mucho dinero, lugares o cosas que pueda tener, me vaya a sentir mejor que hoy, ahora.

Josef se le abalanzó con una energía depredadora. Se cayeron al piso pedregoso y entre los ayes de las piedras reabriendo heridas se dejaron solapadamente ayes de placer, deseo y desesperación. Josef nunca pudo desatar la maldita hebilla de su ajustador, pensaba que era uno de los mecanismos mas retorcidos inventados en la historia del hombre. Josef era capaz de desarmar el motor de un barco con los ojos cerrados, unir y cortar metales sin importar del grosor o dureza pero esos diabólicos minigarfios que aguantaban su ajustador nunca pudo desatarlos, entre risas Cindy los desató para el, Josef se despegó de la frustración momentáneamente y junto al aire que secaba la piel y las heridas disfrutaron uno del otro hasta que las nubes comenzaron a dibujar colores del amanecer y se sintieron un poco lejos los ruidos de las primeras guaguas parando en la calle 26 y zapata. 




Estaban exhaustos y abrazados cuando sintieron que alguien a lo lejos estaba abriendo las rejas del cementerio. Se incorporaron de un brinco y corrieron buscando el desgastado muro por donde habían saltado la noche anterior pera salir a la calle de nuevo. Ya en la calle entre besos se iban despegando piedrecillas de las postillas y los arañazos, llegaron a la parada y Cindy se abrazó tan fuerte que Josef apenas respiraba, la guagua 27 paró y abrió las puertas. Cindy se montó dejando a Josef sin respuesta, la guagua estaba vacía y en lo que arrancaba Cindy le hizo una seña a Josef de teléfono, pero Josef no tenia teléfono, ni Cindy le había dado el suyo. La guagua se desapareció entre humos negros y contaminantes y Josef quedó sentado en la parada fría, con bancos de granito, desolado. Una tristeza le cayó a plomo sobre los hombros y todos los golpes recuperaron su protagonismo. Adolorido caminó la calle 26 en dirección sur. Al oír los ruidos de los botes de los pescadores saliendo a esa hora cayó en cuenta que estaba cerca de casa pero nunca llegó a ella. Se acomodó dentro de un bote roto que había varado en una de las orillas del río Almendares y ahí se quedó tristemente dormido.




Tampoco podía arrepentirse, la noche no hubiera podido ir mejor. Una tragedia hubiera sido si hubiera dicho que no a la locuaz invitación de Cindy. Pero quedó destrozado. Tanto así que cada noche iba a teléfono verde de la bodega y se preguntaba en ese disco lleno de números donde estaría el teléfono de ella. Se escapaba continuamente de su escuela para ir a la Arruñada a ver si veía a Cynara pero nunca tuvo suerte, hasta que pasaron tantos años que comenzó a aliviarse, repitiéndose la idea de que aquello era una ilusión, que no había sucedido.

Pasaba horas dándole vueltas al disco verde del teléfono de la bodega esperando que alguna magia o milagro le dictara un numero. Así era la vida cuando no había celulares, nuestros niños ni siquiera, saben lo que es un disco de marcar.

20 años después, 10 fronteras después, 200 libras después, miles de muertes y abandonos después, en Miami, Sentado en una terraza tomando una cerveza se apareció una familia. Una nariz inconfundible como la de Barbra Streisand y palabras rápidas como una metralleta. Josef la miró, dos mesas mas allá, sus niños, su familia. Se paró y se fue al mar a pocas cuadras de ahí, un mar turbio con olor  metano y mangles podridos de Albert Pallok Park.

Miró al agua fijamente hasta que anocheció, hasta que amaneció y se preguntó otra vez si debió abandonar su mar. Escupió un catarro añejado y maldijo a Habana del Mar culpa de todos sus males y de paso, maldijo a toda la ciudad de Miami y sus malditos reencuentros.
Ahora era la época de los celulares, ya no había disco, eran teclas. Preguntó en silencio si aun pasado tanto tiempo entre esas teclas estaría el numero que siempre quiso saber, pero solo salieron adds y publicidades de compañías que vendían mierdas sin interés. La rara época ya había desaparecido y Cynara también.


Le gustaría saber ese maldito numero aunque ya no exista. Aunque se hunda la isla o los teléfonos fijos hayan dejado de utilizarse. Aunque su casa sea de otro o la hayan demolido. Le encantaría saberse de memoria, ese maldito numero.

1 de julio de 2015

El espejo

Emigrar es volver a nacer asi que hoy es mi cumple

Desde que llegué a este país hay un hombre sentado en la calle 36 del Northwest, mas o menos por la 10 o la 8 avenida. Paso por ahí de día, de noche, por las madrugadas y el hombre siempre está ahí. A veces le llevo refresco o algún Mc Donald. No habla, solo está sentado en la misma cuadricula de acera desde hace dos años que yo lo veo, quizás desde mas. 
Yo lo llamo el espejo. 
 Es el espejo de mi. Siempre moviéndome, sin decidir que un sitio es mi sitio. Toda la rueda que he dado ha sido por él y por mi. Perdí la cuenta de las millas o kilómetros. Pero es que si algo no me cuadra, me voy. 
Ahora son las 4:00 am, voy a salir y me paso a verlo. Es el espejo. Por respeto no he querido hacerle fotos pero ahí está, de día, de noche tan inmóvil como yo móvil. Defiende su pedacito de acera como mismo yo nunca defenderé ningún terreno. Es un completo espejo de mi, al revés, inmóvil. A veces me asusto acabar así. Defendiendo un pedacito de tierra o echando el ancla, pero creo que no porque para eso está el hombre-espejo. Para recordarme que lo único que me ata a la tierra es la gravedad y horizontalmente siempre buscaré lo mejor. No me importa que no lo encuentre o no lo haya encontrado. Lo que importa es moverse, el camino y buscar.
 Metatranca madrugadora. Buenos días espejo.

 


"El Espejo" Puede verse en el Google Maps
https://www.google.com/maps/@25.809884,-80.213359,3a,75y,359.23h,78.64t/data=!3m6!1e1!3m4!1swS1ZMUosvPphAgL4o-C3Cw!2e0!7i13312!8i6656




17 de mayo de 2015

Nómada del alma

Y de pronto vio sus pies hundidos en la nieve y se dijo. - ¿Que cojones hago aquí?
Después de tanta guerra, tantas tribulaciones, tantos escapes y fugas. Después de tanto amor y tanta desidia.
El era del mar, como Habana, solo que no iba a abandonar por nada de este mundo. Muchos quedarían en el camino, muchos tratando de sacarlo del camino, llevándole por atajos absurdos que no conducían a nada.
Sabía que le iba a costar caro, lo sabía. Pero a ver sus pies hundidos en la nieve se hizo la pregunta otra vez.
Se despertó y era una terrible pesadilla. Las pesadillas de Josef son que siempre volvía atrás, Siempre un paso atrás, un año atrás, una vida atrás. Era preferible morir o pasar todas las desgracias juntas que volver a vivir capítulos pasados aunque todo hubiera estado bien o tranquilo.
Espíritu nómada del alma. Nunca lo abandonaba.
Maldita Habana del Mar.

25 de abril de 2015

Josef pescador (Speed Cap 205)

Había amanecido muy raro, un calor sofocante con lluvias intermitentes que no dejaban predecir el tiempo, a cada rato salía un sol extremadamente naranja que coloreaba hasta los mas recónditos recovecos de las esquinas sin interesarle la física. Las cosas en ese país cada día eran mas densas, mas en cámara lenta. Allá enfrente, a mas de 90 millas según decían, había otra vida pero Josef nunca había mirado mas allá de sus pocas millas de dominio marítimo. Muchos conocidos se habían ido y nunca mas se había sabido de ellos. - Supongo que habrá comida, y techo- Pensaba de vez en cuando sin darle más tiempo de meditación. -No debe existir una costa mas bella que esta que habito, da igual cuan distinta sea, no necesito nada de ningún país mientras hayan peces y mar.. pensaba en lo que veía a los vecinos serruchando las tablas de los bancos del parque para hacer artefactos flotantes que los llevarían al "mas allá" Era 1993.

 De vez en cuando, las carreras de carros daban bastante dinero como para sobrevivir por meses. Cada día se hacían mas difíciles y violentas. La gente ya no iba por ganar apuestas, la gente iba por apostarlo todo para tener dinero para "La salida" se apostaban casas, joyas, cualquier tipo de bienes y esto traía consigo disparos y machetazos como regla diaria de comportamiento. Josef se había comprado su propio carro para correr en las carreras. Un Studebacker Champion del 1955, motor de carrera corta V8 con caja y diferencial de ALFA ROMEO, ya que su propia transmisión la había despedazado en la primera carrera que hizo. Se jugaba cada día la vida porque el Studebacker era un endiablado furioso y descontrolado cuando de correr se trataba. Apenas ganaba unos 3 000 pesos cubanos y 200 dólares en cada carrera, pero mas bien lo hacía por divertirse, y por ver a Clementine, pero esta no apareció en años. 

Muchas veces la policía se metía a la fuerza, intentando decomisar carros, dineros y bienes pero tenían que pensárselo bien, ahí no era cuestión de apalear a unos disidentes pacíficos que se dejaban golpear contra el piso gritando consignas, en estos grupos probablemente había mas armas y municiones de las que la policía trajera, de paso, se vendían, desde makarovs hasta kalevnikovs y a ningún facineroso de los que corrían carros en las autopistas le interesaba donar pacíficamente al estado cubano sus ganancias. De vez en cuando se veía una patrulla pero era de corruptos vendiendo gasolina o cobrando sus propias apuestas. No obstante a Josef no le gustaban, se retiraba cuando los veía y ya. La droga también hacía olas, la vendían todo tipo de personas y todo tipo de drogas. Josef consideraba que su cerebro no funcionó nunca bien y que algo de esto lo empeoraría, por eso no probaba mas nada que unos sorbos de ron meloso y caliente sin marca que cualquiera ofreciera gratis.  

A veces Josef maldecía el sol. Quería acabar pronto la carrera de ese día y esto comenzaba cuando el sol de una buena vez caía en el horizonte dejando unos rastros rojizos y sanguinolentos como si predijera. Las carreras estaban todas arregladas, a Josef le decían previamente que lugar tomaría en la meta. Los guajiros incautos que venían desde muy lejos siempre perdían su dinero. También por esto volaban los machetazos.
 A lo lejos se sentía siempre olor a carne quemada porque en unas grandes fogatas se cocinaban pedazos de vacas que traía en el sidecar de una URAL un jefe de sector de Arrollo Naranjo, le decían Papucho el carnicero, el proveía de proteínas todo el sórdido evento deportivo y según él, era carne fresca recién extraviada del matadero. Leonel, un muchacho con parálisis cerebral al nacer, a duras penas vendía panes con algo y refrescos. Era increíble como sin apenas tener control sobre su cuerpo, a veces los corredores para entretenerse, lo ponían a manejar un carro amarrándole una mano al timón y la otra mano a la palanca de cambios y era uno de los mejores corredores. Era como un genio atrapado en un cuerpo defectuoso e inválido. Félix el payaso vendía cocaína, o al menos eso decía. Varias veces le dieron severas palizas por efectos adversos de lo que vendía alejados de lo que se deseaba, como diarrea o impotencia. Andaba siempre con una pistola en el cinto, o en su moto ETZ pero que se sepa nunca le había disparado a nadie. Rigoberto "Garabato" vendía o alquilaba armas. tenía buenas conexiones con las unidades militares de Habana del Este, lo que uno quisiera y piezas de vehículos militares también, estas venían de perilla para los viejos carros americanos ya que toda la mecánica militar rusa era copia exacta de los motores comunes de la General Motor, la FORD, Chrysler, American Motors y Packard. 
 Josef casi no hablaba con nadie. Iba, corría, recogía su dinero y se largaba. La gente le temía porque al no ser fiestero, alcohólico, drogadicto y dado a los servicios de prostitución que también abundaban en aquellas carreteras olvidadas de dios, los demás pensaban que era una especie de psicópata con vidas criminales paralelas o algo así. Nadie sabía que Josef solo estaba haciendo un duro esfuerzo por adaptarse y sobrevivir en la vida terrestre, soñando con sirenas y anhelando encontrarse de nuevo una parte de su corazón que hacía tanto tiempo que no veía y que ya confundía con imaginaciones o recuerdos implantados. 

- ¡Maldita Habana del Mar!-  

Era su forma de persignarse antes de cada carrera. Se sentó dentro del Studebacker roído y esquizofrénico, giró la llave y rugió como una bestia a la que le abren la jaula. Un negro gordo que apenas podía caminar dió varias palmadas en la blanca puerta del carro. - ¡Ya sabes pesca! Hoy te toca quedar en tercero.

6 de abril de 2015

Josef pescador (Llegar a casa Cap 204)

Llegar a casa siempre apestaba por muchas razones. Una de ellas era, porque al acercarse al río Almendares, siempre se sentía el olor a aguas descompuestas que se acentuaba cuando se llegaba por primera vez o se había estado un tiempo lejos. 
 Por increíble que parezca, este olor era bienvenido por muchas personas pertenecientes al cauce de este río. Después de varios días de pesca en el mar, o semanas perdidos en obras sociales como escuelas al campo, servicios militares, movilizaciones y toda esa caterva de esfuerzos estatales por mantener las familias separadas y ocupadas, oler este río te decía que al fin habías llegado. Muchas veces sano y salvo, otras veces nunca la gente llegaba, para bien, los que se marchaban al norte, o para mal, los que quedaron en Angola, Etiopía y demás países donde se desangraba la ficticia economía cubana, regalada por los rusos y despilfarrada en nombre de comprar capítulos en la historia de la peor ideología que existió jamás. 

  Josef rodaba despacio por el puente de hierro dirección este, hacia el Vedado con los bolsillos de su pantalón militar lleno de dinero. Dólares y pesos convivían como un amor prohibido por detrás del telón, haciendo felices a los que no le importaba la enemistad ni las ideologías. Llegó a casa pero como siempre no entró, el buick se apagó solo, en silencio con su último suspiro de gasolina como siempre. Josef besó el timón y acarició la pizarra. Fue su manera de decirle adiós. Cuando saliera por esa puerta roja ya no lo vería nunca mas. Se sentó enfrente a esperar que llegara la banda de Dick Turpin, así le decían a unos borrachines supuestamente mecánicos que mas que nada lo que hacían era canibalear, vender y revender piezas que iban consiguiendo por donde quiera. Siempre perseguidos por clientes molestos, llegaban en silencio y de manera separada a los sitios. Casi todo el mundo los conocía, pero de vez en cuando caía una victima, ellos le comentaban que tal o mas cual pieza estaba defectuosa y la hacían comprar nueva, después arreglaban la vieja y se quedaban ellos con la nueva vendiéndola por ahí. Era su modus, su manera de vivir, lo peor que todo era para alcohol y drogas y andaban siempre muy sucios, llenos de una grasa negra que nunca se quitaría y con olor a caja de velocidad. 
 Uno de los de la banda se le acercó a Josef. Le decían Potaje y apenas podría mantenerse en pie dando muestras de un gran desgaste alcohólico. A Josef le dolía en el alma lo que le iban a hacer a ese Buick. 

- ¿Bueno asere, en cuanto me lo dejas?- preguntó potaje con su voz falta de potencia y dejando un aliento peor que el del río a esas horas tempranas. 
- 500... - Dijo Josef mirando al vacío. Estaba, sin saber porque, un poco deprimido, a pesar de haber salido tan bien de tantas cosas. 
- ¡¡Coño pesca!! ¡¡no jodas!! ¡¡te doy 150 y va que jode!! ese carro está descojonao, es para algún guajiro que le falsifique la chapa y le ponga un motor de petróleo, lo que te estoy comprando es ¡¡la carrocería entiendes!!?? ¡¡La carrocería!! - Potaje alzó un poco la voz pero la volvió a controlar cuando Josef lo miró de reojo. Notó que Josef estaba molesto y prefirió recoger sus ánimos negociadores. 
- ¿Siempre va a ser así?- Dijo Josef mirando de nuevo al infinito. Potaje se paró y sentó un poco mas lejos de Josef en el contén de la acera. Siempre le habían dado por loco, pero cuando no hablaba con nadie y se dedicaba a vender pescado estaba bien, pero ahora, intentando ser una persona terrestre, no se podría saber sus reacciones ni nada. 
- ¿Que tu dices pesca, siempre va a ser que cosa? 
- ¿Siempre va a ser así? ¿Siempre vamos a estar escondidos? ¿Siempre mirando que no venga la policía? ¿Siempre contando el dinero y guardándolo dios sabe donde? ¿Siempre huyendo? ¿Siempre esperando que cambien las cosas? 
- Pesca, te doy 200 por el carro y ya lo desarmamos ahora mismo, no mas. No me hagas tantas preguntas. 
- ¡No! 
- ¡No que asere! 
-No quiero vendértelo. 
- ¡¡Asere!!! ¡Ese carro está perseguío! y no tiene papeles, mira la chapa de mierda esa que le han hecho, en cuanto suba un poco el sol viene la policía y se lo lleva. 

Josef suspiró como si le faltara aire, o como si el aire que entraba en sus pulmones no sirviera para nada.
- ¡ Que se lo lleve la policía Potaje!! 
- Si ¡¡pero van a preguntar quien lo manejabaaaa !!! 
- ¡¡PINGA Potaje!!!- Josef se incorporó de un brinco. Era extremadamente raro verlo en esa fase de comportamiento! Potaje se alejó a una distancia mas prudente. Josef quería saber porque estaba así. 

Una profunda depresión lo estaba oprimiendo sin saber de donde venía. Unas horas antes, de madrugada todo había salido tan bien, había ganado mucho dinero, nadie había salido herido. No se podía ir mejor en el sitio donde sobrevivir es un golpe de suerte. Josef no sabía porque se sentía tan mal. Que horribles pensamientos minaban lo que debiera ser un día feliz. Lo peor, que este malestar aumentaba por minutos. 

 - No te voy a vender ni pinga Potaje, en primera porque estás regateando y ¡ni siquiera tienes ese dinero contigo!! 

 Potaje sacó unos estrujados billetes de su bolsillo que no llegaban a 11 dólares, los demás de la banda que escuchaban en silencio también revisaron sus bolsillos, pero no había nada, quizás algunas monedas. Era lunes, intentó convencer a Josef que le pagaría después de la venta de las piezas del carro, pero Josef sabía a que persona le dejaba sus bienes y a cual no. Canceló ahí mismo el negocio y le pidió a la banda que lo dejara solo, potaje se fue a regañadientes de perder una victima en este día y entró a la posada de 11 y 24 a comprar el litro de ron Santa Cruz del desayuno. A lo lejos se oía alguna emisora de radio, o quizás de la música que ponían en los altavoces de la posada una ejecución de Jazz. Con el tema Inner Circle, de Steve Grossman quartet & Michel Petrucciani, Josef arrancó a correr a su sitio preferido, el puentecito del malecón. El poco tráfico le permitió cruzar las calles a toda velocidad sin mas y estaba amaneciendo un lindo día. Pero Josef quería llorar, o gritar. No sabía que le pasaba, era algo malo que estaba pasando en su interior, sentía que algo le apretaba el pecho y no le dejaba respirar, recordó la sensación de ahogo que le daba cuando los peces que el mismo pescaba, batallaban con las branquias dando estertores de muerte una vez sacados a tierra firme. Sin pensarlo un segundo a toda velocidad saltó la barrera del puentecito de la calle 16 y malecón del Vedado y cayó al agua como un proyectil. La sal forzada en su rostro le quitó parte del malestar. 
En lo que flotaba ya mas tranquilo pensó. - Estoy enfermo, sin mar, me voy a morir.


 Se tocó los bolsillos y cayó en cuenta que aun no había dejado el dinero en ningún sitio, los que tenían cremallera o tapa conservaban sus bultos, pero los bolsillos normales estaban completamente virados hacia afuera. Josef vio el dinero flotando, no sabía que flotaba. Salió tranquilamente y vio algunos transeúntes mañaneros bajando a la parte baja del muro intentando alcanzar los billetes navegantes, otros raudos ya se quedaban en calzoncillos para lanzarse a recogerlos. Eran muchos. Ciertas personas iban a tener un buen día hoy. Josef regresó a casa sin mas. En la azotea puso a secar dentro de una caja plástica de pescadería los que le quedaron. Contó unos 1500 dólares y mas de 7 mil pesos cubanos. Los miraba con desprecio. Nunca le interesó demasiado el dinero. 

 Ahora en el audio de la posada sonaba Annie Lenox con Don´t Let It Bring You Down - Al menos hacen el amor con buena música- Pensó en lo que se quedó dormido recostado al tanque de agua de su azotea entre piezas de carros desguazados anteriormente.


  Ahora en el audio de la posada sonaba Annie Lenox con Don´t Let It Bring You Down.

19 de marzo de 2015

Josef y el Pasta (Cap 203 parte (06)

Ya se habían alejado completamente de la peligrosa carretera de Río Verde, cuando comenzó el otro peligro. Aun estaba sentada dentro del carro aquella mujer que reía, pero tenía un revolver. El Pasta dividió el dinero según sus cálculos en tres partes. Cuando pararon en el Vedado, Josef estaba deseoso de tomarse una malta y comer algo, el Pasta loco por desaparecerse con el botín. Se detuvieron a esa hora de la madrugada en un rápido de la calle Zapata y 26 antiguamente llamado cafetería el Viso y ahí cada uno se guardó su parte. Eran unos paquetes de dinero bastante voluminosos que pasaban de 15 000 pesos cubanos y algunos dólares. Josef y la copiloto se sentaron sin mas, el Pasta se despidió por señas desde lejos y se fue casi corriendo a su casa ansioso porque ya terminara para el esa larga y emocionante noche. Josef pidió la ansiadísima malta y pollo frito, ella solo un helado. Aunque era avanzada la madrugada el calor veraniego hacia estragos en las personas que anduvieran en las calles a esa hora.

- Entonces Clementine? 
- ¡Te acuerdas de mi nombre!- dijo ella con una risa de consuelo. 
- Si, así me dijiste que te llamabas... Como sabrás no pienso volver por esa aldea de Río verde ¿Como vas a llegar a tu casa? Y no jodas con el revolver ese, porque aquí estamos al lado de la posta de Raúl* 
- El revolver lo dejé en tu carro, si quisiera hacer algo con el ya lo hubiera hecho. 

 Entretanto unos destellos azules comenzaron a molestar a los noctámbulos que estaban comiendo en la cafetería. Era un carro de policía precisamente detrás del Buick, mirando por las ventanillas y husmeando con linternas. 

- ¡Manda pinga esto!- balbuceó Josef bajando la cabeza, Clementine seguía como si nada. 
- ¡Actúa normal! ¿Hay algo que diga en ese carro que es tuyo? 
- ¡No! Ni papeles tiene, creo que hasta la chapa es falsa. 
- Entonces, sigue ahí con tu malta, sea lo que sea, llegamos hasta aquí a pie... 

 Uno de los policías se sacó un manojo de llaves del bolsillo y las fue probando una por una si entraban en el arranque del carro, pero ese Buick a pesar de su antigüedad estaba bastante intacto en algunas cosas y una de estas era el llavín de arranque. Normalmente los policías cuando veían un carro mal parqueado y con las ventanillas abiertas trataban de arrancarlo, llevárselo supuestamente a una estación de policía, pero en realidad lo que hacían era saquearle el combustible, las cosas que tuvieran dentro y dejarlos parqueados en otro sitio cualquiera no lejos. El Buick no arrancó. Josef sintió lástima de la máquina, lo había acabado de sacar de un grandísimo apuro y le había hecho ganar dinero, porque dejarlo abandonado. Trató de incorporarse pero Clementine lo agarró literalmente y lo volvió a sentar en la silla. 

- ¿Te acuerdas? ¡Hay un revolver allá dentro, es mejor esperar! 

 Los policías apagaron las luces de la patrulla y se sentaron dentro a esperar, ya ese era el plan B, cuando viniera el dueño con cualquier argumento le retirarían las llaves y recogerían el carro a la estación de policía. Josef se relajó cuando se dio cuenta que era un problema de paciencia. El era pescador, nadie tiene mas paciencia que un pescador. Pidió mas maltas y mas cosas de comer. Por un momento decidió desconectar del viejo Buick, aunque por dentro seguía teniendo lastima de esa maquinaria con alma. 

- Te preguntaba, Clementine, ¿como vas a ir a tu casa? 
- No voy a ir, no voy a volver. 
- ¡Tas loca! Y el dinero de ¿Arcadio? Se llama tu marido ¿no? 
- Arcadio que se joda, hoy es el día. Esto es poco dinero para el. ¡No me va a ver mas nunca el pelo! 
- ¡Pero....¡ 
- Estaba esperando este día, ¡cuanto crees que le importo cuando me manda con todos esos matones a cobrar apuestas? ¡El sabe que me pueden matar ahí como a tantos! Esta es mi parte y me voy! 
- No se que hacer... 
- Escóndeme en tu casa esta noche.. mañana parto..te escogí porque se que eres buena persona, el amigo ese tuyo el pasta es un pendejo pero tu no tienes miedo. 
- Bueno, no tenía, ahora si.. 
- Esto no es contigo, el ni sabe tu nombre ni que yo me fui en tu carro. A veces faltaba tres días y ni preguntaba por mi, solo maltratos, golpes y aguantar sus borracheras. Ya no mas. 

 Josef a cada rato miraba de reojo al carro pero los policías aun estaban detrás en silencio acechando.

- Clementine..., yo no tengo casa. 

 Clementine se quedó un rato pensando en lo que también echaba una ojeada calle abajo al Buick. La guerra de paciencia estaba dando frutos, los policías se revolvían en el asiento de la patrulla y a cada rato salían y volvían a entrar. 

- Entonces llévame al mar. Esperaré a que amanezca en un sitio donde pueda oler el mar. Y con la fresca me largo. 
- ¿Para donde vas? 
- ¿En serio vas a querer saberlo? 
- ¡No! ¡no! ¡Mejor no! 

 La idea del mar le trajo un espíritu de relajación a Josef que comenzó a burlarse de los policías que aguardaban detrás de la mole roja. Clementine comenzó a reír de nuevo y Josef quedaba anonadado con la belleza de su sonrisa. Con tanto relajamiento y buen rato ni siquiera notaron que los policías se habían ido. 

- ¡Ya se fueron! ¡Dale vamos! 

 Josef sabía el rumbo. Calle 26 abajo hasta el puente de hierro y de ahí a la costa de Miramar, ese era su mar. Se alegraba de, a esas horas estar con alguien agradable y alocada a la vez. En cuanto se sentaron dentro del carro y arrancaron, vio por el espejo de nuevo los reflejos azules. Los policías no se habían ido, habían dado la vuelta y se habían parqueado al acecho unas cuadras mas atrás cerca del muro del cementerio. Josef no lo pensó dos veces. No podían cogerlo con los bolsillos llenos de dinero, en un carro sin papeles y con una copiloto loca y con un revolver. Eso, en una fracción de segundo, unido al calculo de potencia Buick Vs LADA le hizo pisar el acelerador hasta la tabla. Por suerte el galón esta vez estaba lleno, dobló derecha en la calle 26 al tiempo que comenzó a oír la desagradable alarma de policía detrás. Ni quiso mirar mas el espejo, que fuera lo que dios quisiera.

El buick se fue entonando loma abajo y en unos cuantos segundos ya se acercaba al cruce de la calle 26 y 23. no iba a disminuir, los semáforos estaban en intermitentes. Pisó mas aun el Buick y este entre la potencia y la caída loma abajo casi volaba. La cuesta de 26 iba cada vez mas inclinada por lo que Josef a la altura de la calle 17 dejó de acelerar. El bólido ya estaba en las 100 millas por hora y ni se veía rastro del LADA por detrás, en la calle 11 dobló izquierda y cruzo el puente mas despacio. Oía las sirenas a lo lejos pero sin dudas fuera del alcance. De reojo vio a Clementine por primera vez un poco asustada, lo peor que tenia el revolver en la mano. 

- ¡Tíralo! 
- ¡Que? 
- ¡El revolver! tíralo aquí mismo en el puente de hierro, nadie lo va a buscar en esta agua tan cochina.  
Clementine lo lanzó dando vueltas, la noche era clara y se vieron las ondas del agua al caer en el medio del Río Almendares. Josef siguió con precaución, sabía que los patrulleros por regla general no se pasaban de un municipio a otro y menos si sus intenciones eran delictivas. Llegó a la playa de la calle 16 de Miramar, después del teatro Karl Marx y parqueó cómodamente mirando las olas, Clementine se bajó y se estiraba contorsionando como si hubiera estado encerrada en algún sitio. 

-¿Donde estamos? 
- Esta es la playita de 16 
- Pero hay muchos carros para ser esta hora 
- Bueno, ya te imaginas que estarán haciendo 
- ¡¡Me quiero bañar!! Clementine corrió hacia la orilla y Josef la siguió tratando de detenerla. 
-¡Espera! 
- ¿Ahora que! 
- ¡Por ahí no! Conozco un canal de arenita ahí cruzando los restos de esa piscina. 

 Entre escombros llegaron a lo que debería ser la parte trasera del teatro que daba al mar. Altos muros lidiaban con las pequeñas olas y el fresco de esa hora. Detrás del muro no daba la luz de la luna y era mas oscuro, pero Josef no pudo evitar ver como Clementine se metía al agua en ropa interior. Su piel blanca casi era lumínica en esa madrugada.


Josef por primera vez la miró completa. Era algo voluminosa y bajita. Tenía unos muslos bastante anchos que hacían un cuerpo bello, como de escultura antigua, romana. El pelo apenas se movía de enredado que estaba y Clementine hacía unos ruidos muy graciosos cada vez que el agua tomaba altura en su cuerpo. Josef también se tiró al mar pero se quedó paralizado en la primera bocanada de agua salada. Apenas podía moverse, una extraña sensación le recorría el cuerpo. Era miedo. Había entrado en su negado mar. Había cambiado su vida por completo para tratar de estar lejos pero su medio le daba una bienvenida calurosa como si nunca hubiera faltado. Josef cogió un miedo atroz de su adicción al mar. Pensó que quizás no podría salir de ahí y todos los esfuerzos habían sido inútiles. Incluso por un momento calculó que podría tranquilamente irse nadando hasta la desembocadura del río Almendares y entrar a casa de sus padres, dejándole el dinero y las llaves del carro a Clementine, ella nunca sabría si se había ahogado o como se habría desaparecido. Quizás podría ser un final digo de este capitulo aventurero de Josef en la tierra. Desaparecer.. Siempre le gustó esa idea. Desaparecer de la nada, que nadie supiera nada, que ni lo buscaran. Hoy era un buen día para hacer eso, pero Clementine lo abrazó por detrás, sintió un calor en su espalda que rompió todas las historias trágicas que estaban pasando por su cabeza, extendió sus manos atrás y reconoció el cuerpo de Clementine. 


Sus manos siempre le habían dado mejores sensaciones que sus ojos. Tocar le iba contando como era cada curva, cada dureza o cada suavidad. Sus preciadas manos siempre superaban el trabajo de la vista y la imaginación, la respiración se le entrecortaba y sintió que Clementine estaba temblando. Con un suave paso se dio la vuelta y se besaron tímidamente, después se abrazaron. Las aguas entre los cuerpos se calentaron tanto que tuvieron que salir a toda velocidad dejando piel con piel sin dudas ni distancias. Estuvieron un buen rato así, abrazados sin mas, con un disfrute incalculable y algún que otro beso corto, como de confianza. Clementine cruzó las piernas por detrás de Josef a la vez que apretaba con sus muslos, Josef sentía que las temperaturas se iban de frío a caliente y frío de nuevo según se dejara pasar el agua o no. Estaba teniendo unas sensaciones nuevas, agradables y descontroladas. 

- Mejor que no Clementine.. 
- ¡Mejor que no que? Tan solo tengo frío 
- Vamos a salir.. 

 Josef estaba muy aturdido, ¿que tenía esa mujer que le gustaba tanto? Al salir se acurrucaron en el carro. Era tan espacioso y cómodo que daba gusto, aunque estuvieran mojados en todos los sentidos posibles. Se abrazaron muy fuerte. La brisa del mar hizo el resto. Josef dejó fluir todo el cansancio a la vez que disfrutaba de lo que podían tocar sus manos, disfrutaba como un novato, Clementine era para el, escandalosamente hermosa.


 Al despertar el sol hería las pupilas como envidioso de la noche anterior. Josef notó que Clementine no estaba, vio un papel trabado en los botones del radio. Decía: Vi tu dirección en tu carné de identidad, te escribo cuando me asiente en algún sitio y ojala vayas a verme. Eres un buen hombre. Tu dinero está en Rochester. 

 Josef salió corriendo y abrió el capot del carro, vio amarrada una bolsa debajo del múltiple de admisión, muy cerca del carburador Rochester. Realmente no le importaba tanto, incluso valoró que si Clementine se hubiera llevado su dinero no le hubiera importado. Ella estaba huyendo, el estaba cómodo en su mundo nuevo. Pensó que había desaprovechado la oportunidad de hacer el amor un una mujer tan bella en todos los sentidos que era indescriptible. Pero Josef no era una maquina de sexo, las caricias y el estar juntos fue quizás mas importante y disfrutable que una simple escena sexual. Se lavó la cara y la boca en la orilla, apenas llegaban los primeros bañistas en la mañana y lo miraban extrañados. El Buick tenía agujeros de balas en el maletero, tres agujeros. Hora de deshacerse de este héroe rojo- pensó y arrancó rumbo al puente de hierro donde uno de sus hermanos de calle lo esperaba para tan difícil y triste misión.

En la radio del carro, que funcionaba cuando quería, comenzó a sonar de Juan Luis Guerra, amor de conuco.

9 de marzo de 2015

Josef y el Pasta (Cap 203 parte 05)

 
Había una persona experta que daba un golpe muy fuerte con dos tablas y provocaba exactamente el mismo sonido de un disparo para marcar la arrancada. Siempre lo llevaban a las carreras. Era un indio viejo de pelo canoso y una pequeña trenza, con la piel oscura y llena antiguos e ilegibles tatuajes, hechos posiblemente en prisiones. Pero mayormente nadie sabía la historia de nadie en ese sitio abandonado de las carreteras habaneras. Solo que había que ganar y cobrar o perder y pagar. Al fin de cada carrera siempre corría la sangre de apostadores inconformes o tramposos. A lo lejos, mientras los corredores se iban a ocultar sus carros siempre algún que otro tiro destellaba en la noche o los ruidos acerados de machetes. Las carreras nunca se cobraban o pagaban en paz. Casi no había mas ley que la del machetero mas fuerte o la del revolver mejor cargado. 

 Al ruido le predecía un silencio sepulcral de pocos segundos. Solo se oía el ronroneo de viejos motores afilados a pesar de sus dolidas piezas. Humos y luces formaban unas siluetas lúgubres que impregnaban de peligro hasta los árboles colindantes de las cunetas. Después del ruido, explotaba un infierno de chirridos, gomas quemadas, respiraciones sostenidas y explosiones en lo que viejos mastodontes decolorados y remendados daban lo último de si. Fatigas metálicas, estructurales y térmicas se fusionaban con nervios gastados, malas decisiones y esperanzas desesperadas. Antes todos habían suspirado y soñando con el anhelado triunfo, todos eran suspirantes profesionales.

 Por regla general, en la arrancada siempre se quedaban averiados uno o dos carros, estos choferes salían gritando todos los improperios de estos tiempos y de tiempos pasados, golpeando los carros, enloquecidos con los ojos inyectados en sangre de ira y frustración. Los obligaban a quitar a los "muertos" así le llamaban a los carros averiados, inmediatamente, ya que esa misma línea de salida sería en pocos minutos la de meta. Nunca se oirían tantas malas palabras y maldiciones juntas y los dioses, los dioses llevaban la peor parte en este castigo verbal, todos los dioses de todos los países y épocas. 

 Josef comenzó a sentir la maldita sensación de que no podría controlar nada. Apretaba seguidamente las manos en el delgado volante de los años 50s en un carro que quizás fue comprado por una familia con duro trabajo e interminables esperanzas, poco después abandonado como todos los carros viejos a merced de la nueva y destructiva situación política cubana. Josef sabía unas mínimas reglas que le había transmitido su abuelo para tener éxito en las carreras, la primera, conectar con el alma del carro. Las cosas tienen alma, los mecanismos sobre todo. Josef había estado entretenido y no había cumplido el paso primero, esto lo tenía muy nervioso. El alma del Buick se negaba a responder, a dar señales de vida. Aunque su motor ronroneaba orgulloso y potente el alma aun andaba perdida a saber en que año de su vida y por mas que Josef apretaba el timón esta no despertaba, ni aparecía. En los pocos segundos antes de golpe de tablas ya Josef estaba dando golpes en el timón con un poco de furia. Su copiloto, la mujer desconocida se guardó el revolver en la cintura y tocó a Josef por el hombro. Josef la miró con rabia por un segundo.

 - Trátalo con cariño... - Susurró - como si de una delicada flor se tratase... 

 Josef desconectó. Se calmó un segundo. Pensó en la sonrisa tan inmensamente bella que tenía esa mujer peligrosa que había decidido acompañarle en esta tétrica aventura. Le gustó el tacto de su mano en su hombro. Aflojó las manos del timón y acarició las curvas de la pizarra niquelada del viejo y herido Buick. Se notó un ruido agradable y comenzaron a ver pequeñas luces. Era el radio. Quizás después de varias décadas, se había encendido de nuevo, posiblemente por los golpes que le movieron algún bombillo interno o quizás el alma que volvió. Josef sintió que el volante lo tocaba a el. Dejó de sentirlo frío. plástico, roto y lejano, comenzó a ser la extensión de sus manos, las luces del carro sus ojos, las gomas sus pies. Aunque dolorido, ya Josef había conectado. Se había completado la desconocida fase uno para hacer una buena carrera de carros, conectarse al alma mecánica de la bestia, ahora faltaba la fase dos. Josef recordaba las palabras de su abuelo que le había grabado a fuego cada uno de los detalles de este menester. La fase dos se llamaba como una hoja en el viento, no importa cuan mole fuera, no importa ningún detalle técnico, había que ir casi dejándose llevar, así sin mas, como una hoja en el viento. Todo esto pasó en fracciones de segundos antes de que sonaran las tablas de la arrancada. 
A la explosión del golpe, todas las bestias comenzaron a tragar despavoridamente gasolina robada de algún centro de trabajo o de cualquier sitio, en los 90s no había gasolina en ninguna gasolinera. Toda la gasolina era robada por toneladas de donde fuera y nadie podría detener esto. El viejo buick rojo, conectado a Josef y su copiloto quemó las gomas de salida con buen ritmo pero al igual que un viejo avión que llevaba la muerte en su esqueleto Josef tenía que dosificar potencias para no quedarse sin combustible en medio de la carrera. El combustible estaba en un galón plástico debajo de la pizarra y con furtivas miradas Josef constantemente comprobaba como iba en economía ya que esto no era un fuerte de este carro. Sin dar muchos acelerones el ocho en línea se fue poniendo a punta de carrera por sobre los demás cacharros cansados antes de empezar. Algunos soltaban densas nubes de humo por sus ruedas y capots y abandonaban a la cuneta en el trayecto. Josef se atrevió a mirar a su copiloto, esta reía y reía sin mas, una risa que animaba el alma del cacharro a coger una fuerza inexistente aunque sea para quedar bien. El Buick se lució. Poco a poco fue sobrepasando sin mucho alarde al resto de competidores ante la mirada atónita de los espectadores. El reloj ya marcaba 85 millas por hora y la meta estaba a escasos segundos, era una vuelta nada más. En el último giro Josef divisó a lo lejos las líneas de luces de motos que marcaban la meta, tenía aun dos carros por delante, un Oldsmobile 88 del 1958 y un Studebaker champion del 1956. Josef echó una breve mirada al galón de gasolina, quedaba un dedo de altura y se vio perdido. Por un segundo sacó el pie en un instintivo paso de ahorro pero le sobrepasó como un bólido un chevrolet de 1953, ya era cuarto volvió a mirar el galón. Ya menos de un dedo de combustible. Su primera reacción fue una tormenta de improperios para lo que se avecinaba, pero volvió a mirar a su copiloto. Se estaba divirtiendo de lo lindo, reía como una niña pequeña en un columpio. De pronto a Josef no le importó si después esta misma mujer le descerrajaba un tiro por no poder pagar sus apuestas. Su risa era todo y hacerla reír había sido su premio del día. En la oscuridad, sus dientes tan parejos y las comisuras de su boca la hacían ver bella, hacían que la situación fuera bella y divertida. Daba igual perder, pobre Buick, el no tenía la culpa, el alma de su maquinaria lo decía, había hecho todo lo posible. Ya no se veía la gasolina en el tanque y por la manguera transparente subían venenosas burbujas de aire. Era solo cuestión de segundos que el motor se parara y Josef probablemente no quedara ni en cuarto. El carburador Rochester de cuatro bocas ya estaba temblando de miedo y desesperanza. Josef miró al espejo. Vio más bólidos que venían a hacerlo pedazos, pedazos del caído, pedazos del cansado, del viejo, del hambriento. Esto iba a ser un desastre, una matanza, ni siquiera imaginó salir vivo de esta y a lo lejos el pasta ya se retorcía de llanto y gritos viendo la inminente pérdida de su miserable equipo.  

¿Ya que podía ser peor? Como una hoja en el viento. Al menos llegar. Ese Buick iba a morir ese día, por lo general los carros de los perdedores eran canibaleados o destrozados por la muchedumbre apostadora enfurecida. Ese era el último día de ese Buick y quizás de Josef, de sus sueños terrestres y de toda la mierda que se había inventado para tratar de ser una persona normal. Las luces de meta, no solo no llegaban nunca, sino que parecían alejarse. La altísima velocidad de reacción de Josef como piloto hacía ver todo densamente lento, viscoso. Notó que el cuentamillas había bajado a 75 y sintió los primeros fallos en los cilindros. La copiloto sin dejar de reír, siguiendo la vista de Josef notó la ausencia de combustible en el tanque, pero en segundos lo que hizo fue inclinarlo de manera que la manguera cogiera la esquinita del galón. Por un segundo Josef vio el preciado fluido inundar de nuevo la manguera de alimentación y decidió, decidió llegar aunque sea con el impulso.

 - Hoy vas a morir Buick, hermano. Gracias. 

 Josef pisó hasta la tabla y lo dejó pisado como el rezo del moribundo en un sueño conectado de venganza y triunfo. El oxidado carburador Rochester de cuatro bocas abrió sus bocas extra, las de altas revoluciones y cogió la ultima bocanada de aire y combustible. Josef vio el cuentamillas subir hasta las 110 millas y reaccionó sabiendo que ahora en esos últimos segundos aquello era un misil peligroso y destructivo. Se aferró al volante y sintió los huesos de hierro como sus propios huesos. La adrenalina llegó como el último sorbo, por suficientes segundos para dejar atrás a todos los competidores ya confiados. Como una hoja en el viento y con breves zig zags sorteó a los ilusionados ganadores con la mole roja en su último estertor. Pasó la meta de primero limpiamente y a duras penas pudo frenar casi 300 metros después como un pesado avión que acabase de aterrizar en una pista pobre y corta. Casi mata a varios espectadores que no calcularon bien que aquella bola de acero no iba a detenerse como estaba previsto. Pero pasó. Pasó de primero en la meta. La mujer seguía riendo en lo que abrazaba a Josef, el veía por los espejos choferes pateando carros, apostadores sacando pistolas, dineros volando por los aires y el pasta colándose por una ventana del buick y alcanzando otro galón con gasolina para largarse. La mole arrancó de nuevo ocho vías abajo. - ¿Y ahora que? - Preguntó Josef inocente. - ¡¡Arranca y no pares hasta que salga el sol!! - gritó el pasta. Josef pisó la mole de nuevo y se alejaron los tres, sanos y salvos de momento de toda la algarabía creada en lo que el Pasta recogía del piso del carro los billetes que se le iban saliendo de todos los bolsillos repletos entre gritos de victoria e histeria de sobreviviente.